
Los tres hombres sentados alrededor de la mesa intentaban aparentar normalidad, algo difícil si se tenía en cuenta lo ocurrido aquella misma mañana. Sobre el tapete verde descansaba la baraja de póquer, en espera de que sus cartas fueran repartidas entre cuatro jugadores. Se habían servido whisky para animar la conversación, para templar los nervios ante el acontecimiento que se aproximaba, si la noche transcurría como se esperaba. Antes de irse, Tuesday había preparado una cena fría. Lo habitual en ella el día que los cuatro amigos se reunían para su ineludible partida semanal. El reverendo Frare daba manotazos en el aire para dispersar el humo del cigarro habano que Joseph Shelf había dejado olvidado en el cenicero. George Neighbour se levantó para estirar las piernas y se acercó a la ventana. Palpó los bolsillos de su pantalón en busca de fuego.
-¿He dejado las cerillas sobre la mesa? –preguntó el barbero con el cigarrillo colgando entre sus labios.
Shelf se las lanzó sin mediar palabra. George prendió su cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. Miró al exterior. Las calles estaban desiertas después de la tormenta. No había rastro de él, pero el coche oscuro seguía aparcado frente a la casa, semioculto entre los árboles de la avenida.
-¿Nada? –inquirió el reverendo con la mirada ansiosa.
-Sin novedad. -Neighbour se sentó en el alféizar de la ventana. Si aparecía, sólo debería hacer una seña a los dos hombres de rostro impasible que permanecían junto a la puerta y actuarían. Para ellos, aquello formaba parte de su rutina diaria. Sin embargo, para los tres jugadores, la espera resultaba inaguantable.
-¿Cómo puede tardar tanto? –las palabras del reverendo Frare revelaban su angustia.
-Acabemos con esta pantomima. Yo mismo iré a buscar a ese malnacido.
Los dos hombres imperturbables se adelantaron unos pasos para detener a Joseph Shelf.
-Tranquilo, amigo, vuelva a su sitio. Reparta cartas y empiecen la partida. Coman algo y actúen con naturalidad. –Dijo el más bajo de los guardianes. Se sentó en una silla y cubrió sus ojos bajando el ala de su sombrero.
Joseph Shelf mordió un sandwich de mala gana y comenzó a barajar. El barbero se unió a ellos y empezaron la partida. Jugaban por inercia, sin concentrarse en el juego. Sólo esperaban oír unos pasos conocidos y que acabara todo de una vez. Transcurrieron escasos segundos hasta que escucharon el sonido familiar de alguien que arrastraba una pierna por el pasillo. Los dos hombres trajeados se levantaron sigilosos, esperando pistola en mano a que se abriera la puerta. John Walker entró confiado en la habitación. Se abalanzaron sobre él, sujetando sus brazos y lo empujaron contra la pared. Una silla se precipitó contra el suelo. Era la de Michael Frare. Se había levantado instintivamente para detener la violenta acción de los policías.
-¿Es necesario todo esto? –la voz del reverendo revelaba angustia.
-John Walker, tendrá que acompañarnos. –El policía más corpulento soltó al guarda mientras buscaba en el bolsillo de su americana la placa que le acreditaba para detenerle. –Está en su derecho de guardar silencio hasta que se presente ante el juez con un abogado. Gracias por su colaboración. -Añadió el policía, fijando la mirada en los tres hombres que permanecían callados ante la escena. John Walker les miró esperando una respuesta que no obtuvo.
-¿Qué ocurre? ¿De qué se me acusa?
Pero la réplica del agente quedó apagada por el sonido de la puerta al cerrarse tras ellos. Michael Frare buscó asiento, derrotado. Se sintió miserable por la traición que acababa de cometer. La mirada de Walker buscando una respuesta tardaría años en borrarse de su mente.
-Bueno, ya podemos irnos. –Joseph Shelf se puso la americana y se llevó el cigarro apagado a los labios. Acercó una cerilla encendida y se concentró en la labor de volver a encender el habano. –Espero que se pudra en el infierno.
George Neighbour permaneció callado. La noche se presentaba larga. El reverendo cogió su sombrero y la gabardina para irse. Que el cuerpo de Violette Moulin apareciera en la barca de Walker tendría una explicación. John era inocente y todo se resolvería, se dijo a sí mismo mientras se disponía a abandonar la habitación. Pero antes de cruzar la puerta se giró buscando la mirada del magnate.
-Shelf, de pequeño nunca tuviste un perro, ¿verdad?. –Salió sin esperar una respuesta.
-¿He dejado las cerillas sobre la mesa? –preguntó el barbero con el cigarrillo colgando entre sus labios.
Shelf se las lanzó sin mediar palabra. George prendió su cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. Miró al exterior. Las calles estaban desiertas después de la tormenta. No había rastro de él, pero el coche oscuro seguía aparcado frente a la casa, semioculto entre los árboles de la avenida.
-¿Nada? –inquirió el reverendo con la mirada ansiosa.
-Sin novedad. -Neighbour se sentó en el alféizar de la ventana. Si aparecía, sólo debería hacer una seña a los dos hombres de rostro impasible que permanecían junto a la puerta y actuarían. Para ellos, aquello formaba parte de su rutina diaria. Sin embargo, para los tres jugadores, la espera resultaba inaguantable.
-¿Cómo puede tardar tanto? –las palabras del reverendo Frare revelaban su angustia.
-Acabemos con esta pantomima. Yo mismo iré a buscar a ese malnacido.
Los dos hombres imperturbables se adelantaron unos pasos para detener a Joseph Shelf.
-Tranquilo, amigo, vuelva a su sitio. Reparta cartas y empiecen la partida. Coman algo y actúen con naturalidad. –Dijo el más bajo de los guardianes. Se sentó en una silla y cubrió sus ojos bajando el ala de su sombrero.
Joseph Shelf mordió un sandwich de mala gana y comenzó a barajar. El barbero se unió a ellos y empezaron la partida. Jugaban por inercia, sin concentrarse en el juego. Sólo esperaban oír unos pasos conocidos y que acabara todo de una vez. Transcurrieron escasos segundos hasta que escucharon el sonido familiar de alguien que arrastraba una pierna por el pasillo. Los dos hombres trajeados se levantaron sigilosos, esperando pistola en mano a que se abriera la puerta. John Walker entró confiado en la habitación. Se abalanzaron sobre él, sujetando sus brazos y lo empujaron contra la pared. Una silla se precipitó contra el suelo. Era la de Michael Frare. Se había levantado instintivamente para detener la violenta acción de los policías.
-¿Es necesario todo esto? –la voz del reverendo revelaba angustia.
-John Walker, tendrá que acompañarnos. –El policía más corpulento soltó al guarda mientras buscaba en el bolsillo de su americana la placa que le acreditaba para detenerle. –Está en su derecho de guardar silencio hasta que se presente ante el juez con un abogado. Gracias por su colaboración. -Añadió el policía, fijando la mirada en los tres hombres que permanecían callados ante la escena. John Walker les miró esperando una respuesta que no obtuvo.
-¿Qué ocurre? ¿De qué se me acusa?
Pero la réplica del agente quedó apagada por el sonido de la puerta al cerrarse tras ellos. Michael Frare buscó asiento, derrotado. Se sintió miserable por la traición que acababa de cometer. La mirada de Walker buscando una respuesta tardaría años en borrarse de su mente.
-Bueno, ya podemos irnos. –Joseph Shelf se puso la americana y se llevó el cigarro apagado a los labios. Acercó una cerilla encendida y se concentró en la labor de volver a encender el habano. –Espero que se pudra en el infierno.
George Neighbour permaneció callado. La noche se presentaba larga. El reverendo cogió su sombrero y la gabardina para irse. Que el cuerpo de Violette Moulin apareciera en la barca de Walker tendría una explicación. John era inocente y todo se resolvería, se dijo a sí mismo mientras se disponía a abandonar la habitación. Pero antes de cruzar la puerta se giró buscando la mirada del magnate.
-Shelf, de pequeño nunca tuviste un perro, ¿verdad?. –Salió sin esperar una respuesta.








