viernes 5 de febrero de 2010

LA PARTIDA


Los tres hombres sentados alrededor de la mesa intentaban aparentar normalidad, algo difícil si se tenía en cuenta lo ocurrido aquella misma mañana. Sobre el tapete verde descansaba la baraja de póquer, en espera de que sus cartas fueran repartidas entre cuatro jugadores. Se habían servido whisky para animar la conversación, para templar los nervios ante el acontecimiento que se aproximaba, si la noche transcurría como se esperaba. Antes de irse, Tuesday había preparado una cena fría. Lo habitual en ella el día que los cuatro amigos se reunían para su ineludible partida semanal. El reverendo Frare daba manotazos en el aire para dispersar el humo del cigarro habano que Joseph Shelf había dejado olvidado en el cenicero. George Neighbour se levantó para estirar las piernas y se acercó a la ventana. Palpó los bolsillos de su pantalón en busca de fuego.

-¿He dejado las cerillas sobre la mesa? –preguntó el barbero con el cigarrillo colgando entre sus labios.

Shelf se las lanzó sin mediar palabra. George prendió su cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. Miró al exterior. Las calles estaban desiertas después de la tormenta. No había rastro de él, pero el coche oscuro seguía aparcado frente a la casa, semioculto entre los árboles de la avenida.

-¿Nada? –inquirió el reverendo con la mirada ansiosa.
-Sin novedad. -Neighbour se sentó en el alféizar de la ventana. Si aparecía, sólo debería hacer una seña a los dos hombres de rostro impasible que permanecían junto a la puerta y actuarían. Para ellos, aquello formaba parte de su rutina diaria. Sin embargo, para los tres jugadores, la espera resultaba inaguantable.

-¿Cómo puede tardar tanto? –las palabras del reverendo Frare revelaban su angustia.
-Acabemos con esta pantomima. Yo mismo iré a buscar a ese malnacido.

Los dos hombres imperturbables se adelantaron unos pasos para detener a Joseph Shelf.

-Tranquilo, amigo, vuelva a su sitio. Reparta cartas y empiecen la partida. Coman algo y actúen con naturalidad. –Dijo el más bajo de los guardianes. Se sentó en una silla y cubrió sus ojos bajando el ala de su sombrero.

Joseph Shelf mordió un sandwich de mala gana y comenzó a barajar. El barbero se unió a ellos y empezaron la partida. Jugaban por inercia, sin concentrarse en el juego. Sólo esperaban oír unos pasos conocidos y que acabara todo de una vez. Transcurrieron escasos segundos hasta que escucharon el sonido familiar de alguien que arrastraba una pierna por el pasillo. Los dos hombres trajeados se levantaron sigilosos, esperando pistola en mano a que se abriera la puerta. John Walker entró confiado en la habitación. Se abalanzaron sobre él, sujetando sus brazos y lo empujaron contra la pared. Una silla se precipitó contra el suelo. Era la de Michael Frare. Se había levantado instintivamente para detener la violenta acción de los policías.

-¿Es necesario todo esto? –la voz del reverendo revelaba angustia.
-John Walker, tendrá que acompañarnos. –El policía más corpulento soltó al guarda mientras buscaba en el bolsillo de su americana la placa que le acreditaba para detenerle. –Está en su derecho de guardar silencio hasta que se presente ante el juez con un abogado. Gracias por su colaboración. -Añadió el policía, fijando la mirada en los tres hombres que permanecían callados ante la escena. John Walker les miró esperando una respuesta que no obtuvo.
-¿Qué ocurre? ¿De qué se me acusa?

Pero la réplica del agente quedó apagada por el sonido de la puerta al cerrarse tras ellos. Michael Frare buscó asiento, derrotado. Se sintió miserable por la traición que acababa de cometer. La mirada de Walker buscando una respuesta tardaría años en borrarse de su mente.

-Bueno, ya podemos irnos. –Joseph Shelf se puso la americana y se llevó el cigarro apagado a los labios. Acercó una cerilla encendida y se concentró en la labor de volver a encender el habano. –Espero que se pudra en el infierno.

George Neighbour permaneció callado. La noche se presentaba larga. El reverendo cogió su sombrero y la gabardina para irse. Que el cuerpo de Violette Moulin apareciera en la barca de Walker tendría una explicación. John era inocente y todo se resolvería, se dijo a sí mismo mientras se disponía a abandonar la habitación. Pero antes de cruzar la puerta se giró buscando la mirada del magnate.

-Shelf, de pequeño nunca tuviste un perro, ¿verdad?. –Salió sin esperar una respuesta.

martes 26 de enero de 2010

DARLING


Cuando se acostaban juntos, como había ocurrido la noche anterior, Tuesday Blood se levantaba con mal pie. No se perdonaba a sí misma el haber sido tan débil y dejarse engatusar por su jefe. Habían trabajado hasta altas horas de la madrugada acabando el último número del semanario, y George Neighbour la había convencido para que se quedara a dormir. Ahora, tras echar una larga mirada al pequeño apartamento que servía al mismo tiempo de redacción, tenía doble trabajo: limpiar y ordenar el lugar y escribir la pequeña columna que George le había asignado cuando vio en ella sus dotes de escritora.

-Twist –se dijo a sí misma utilizando el apelativo cariñoso que el barbero había inventado para ella-, que se lo limpie él solito.

Hoy se tomaría el día libre. Decidió darse un baño y luego se sentaría frente a la máquina para escribir “Un secretito”, así se llamaba su columna. En ella, lo mismo podía contar quién había ganado el concurso de jardinería que cada año se celebraba en la población (casi siempre era el reverendo Frare), el nacimiento de un bebé, la llegada de un nuevo veraneante o el tema que la ocuparía aquella semana.

Mientras se desnudaba frente al espejo del baño, se preguntó qué hacía perdiendo el tiempo con alguien como George Neighbour. La relación que habían establecido la descolocaba. Si por una parte ella necesitaba el dinero que ganaba en sus tareas de limpieza, por otra se odiaba a sí misma por sucumbir ante los encantos del mayor caradura del pueblo. Decidió no darle mas vueltas al asunto y sumergió su cuerpo en el agua caliente. Repasó las notas de su cuaderno para ordenarlas mentalmente en lo que sería el tema de su columna: Lillian Hellman. La escritora, que residía en la isla, se tomaba un tiempo lejos de Dashiell Hammett para empezar un guión cinematográfico. Sólo sabía que habían asignado el papel protagonista a una actriz recién descubierta. Y eso lo había averiguado de las conversaciones que los dos escritores mantenían, mientras ella limpiaba las estancias de su casa. El ser una mujer silenciosa le valía luego para escribir su columna. Y si conseguía mantener su trabajo de mujer de la limpieza después de la publicación de “sus secretitos”, era porque firmaba bajo seudónimo: Darling.

Se sobresaltó al oír unos pasos apresurados que subían las escaleras. Salió de la bañera y envolvió su cuerpo con una toalla. George Neighbour revolvía los papeles que reposaban en el escritorio. Se giró al oírla y le habló:

-Ha ocurrido algo…-el redactor buscó las palabras adecuadas antes de proseguir- alguien…alguien ha matado a Violette Moulin.

Tuesday buscó asiento para encajar la noticia. George fue en su busca para abrazarla, pero ella lo rechazó con un brusco ademán. El hombre encendió un cigarrillo y se lo ofreció.

-Olvídate de la limpieza. Tendremos que rehacer todo el periódico. Sobreponte y a trabajar . -El tono de voz de Neighbour era imperativo-. Si pensabas escribir sobre Lillian Hellman, olvídalo. Quiero que en tu columna hables de Violette Moulin. Cómo era, a qué se dedicaba, cómo llegó a parar a esta isla… En fin: todo lo que puedas contar acerca de ella.

De pronto lo aborreció. Le ordenaba que utilizara las confidencias que le había contado la mujer francesa para su maldito semanario. Cuando Tuesday terminaba de limpiar la tienda de muebles, que Violette regentaba junto a Minnie, pasaban a la trastienda y se servían café en delicadas tazas de porcelana de Limoges, importadas por la francesa. Allí las tres mujeres hablaban del amor entre risas. De los hombres y de lo complicado que era enterderlos. De sus sueños por cumplir y de sus fracasos. Con todo, Tuesday obedeció a su jefe. Se sentó frente a la máquina de escribir y empezó a teclear. En la radio sonaba Don’t explain. Al oír la canción, unas lágrimas brotaron de sus ojos. Las secó con el dorso de la mano y continuó.

UN SECRETITO

Todos la conocíamos por los elegantes muebles de su tienda, y no hay mujer en la isla que no deseara lucir en su casa una muestra del buen gusto de Violette Moulin.
Dicen que llegó a la isla una mañana de domingo, en invierno, bajo el silencio de una suave nevada. Venida del mágico París, la vimos entrar sola en su nueva casa, con su elegante vestido y sus rojos rizos, mirando a su alrededor curiosa, cantando bajito. Dicen que encontró las cajas con sus pertenencias, que le habían precedido varios días y que había encargado que le distribuyeran por las distintas estancias, siguiendo las instrucciones primorosamente rotuladas en ellas con letra linda y cuidada. Dicen que él estaba aún en la casa, en el piso de arriba, repartiendo las últimas cajas que habían llegado el día anterior, y que salió en silencio, sin molestar. Al salir, oyó el chocar de las tazas de café y notó el aroma del primero de los que serían muchos cafés en torno a la mesita redonda, sola o acompañada de su socia Minnie, y ocasionalmente alguna persona más.
Tristemente, Violette Moulin no podrá invitar a nadie más a café. Hoy ha aparecido flotando en una barca a la deriva, asesinada.
Hay quien dice, no sin razón, que habrá quien echará de menos el café, y seguramente alguna cosa más que el café de chez Violette. Incluso habrá quien se pregunte dónde estuvo paseando alguno de nuestros más ilustres vecinos ayer. Pero quien se lo pregunte deberá recordar también que miss Moulin era acogedora, alegre y distinta, bella y dulce.
No es la primera vez que en nuestro pueblo esto levanta ciertas incomodidades: hombres que codician ilusiones, fascinados por la juventud y el encanto, y mujeres despechadas que ya han dejado atrás el recuerdo de lo que en su día arrastró a sus hastiados maridos a la vicaría. Celos, desaires, campos labrados para las pasiones más bajas. Se acercan días difíciles en la isla, de duelos ocultos, añoranzas escondidas, preguntas incómodas y secretos desvelados.
En este post ha colaborado Xurri, o sea, Tuesday Blood. La columna Un secretito, es de ella.

viernes 8 de enero de 2010

LA ALONDRA


“Ya veo que eres un santo pecador de Dostoievsky. Eso es lo que eres.” L.H.

John Walker deambuló hasta el amanecer por los campos de manzanos silvestres, como solía hacer cuando buscaba una respuesta. La herida de su pierna le dolía, presintiendo la tormenta que se avecinaba. Se tumbó en la hierba para fumar un pitillo y pensó en ella. Aún la sentía, recostada sobre su pecho, acariciándole la cicatriz con suavidad. Ni un solo centímetro de su cuerpo había quedado sin ser tocado, besado o acariciado. Se amaban apasionada, violentamente, para luego dejarse caer exhaustos, y dormir durante breves intervalos de tiempo. Los dedos de ella recorrían su piel, una y otra vez, memorizándolo. Luego, el recuerdo de sus cuerpos unidos les acompañaba durante días, hasta el momento de un nuevo encuentro furtivo.

El hombre se preguntaba cómo aquella mujer de nombre encantador se había fijado en él. Quizá fuera porque entre las féminas despertaba un sentimiento de protección. Por su semblante taciturno, el misterio que envolvía su escuálida figura, su rostro dorado por el sol de la isla, o por su pasado de combatiente perdedor en aquella guerra española que le había marcado el carácter y el cuerpo para siempre. Hasta las prostitutas madrileñas le protegían y se peleaban entre ellas para ser las elegidas por aquel americano que las amaba rudamente y en silencio.

Ella decidía sus encuentros. Escribía una breve nota y se la hacía llegar a través de un niño del pueblo que, inocentemente, ejercía de mensajero a cambio de unas monedas y un beso en la mejilla. Ahora, cuando la noche agonizaba, John recostó su espalda en el tronco de un manzano. Buscó en el bolsillo derecho del pantalón el papel de color morado que ella elegía para anotarle la hora del encuentro y lo releyó. “Hoy puedo. A la hora de siempre. V.”. Cerró los ojos y recordó.

Alrededor de las siete de la tarde del día anterior, John la esperó fumando, mientras se paseaba por la caseta de la playa, cómplice callada de sus encuentros. La recorrió una y otra vez, hasta que escuchó la voz de la mujer cantando aquel viejo éxito que sonaba en los cafés alegres de sus noches parisinas.

-J’ai perdu ma tête, dans la rue Saint Honoré, je cherche ça et là, je ne l’ai pas trouvée, dis-moi…où est ma tête?

La puerta se abrió, la mujer entró e hizo volar su sombrero, liberando sus rizos rojos con un ligero movimiento de cabeza. Avanzó con una sonrisa en los labios hacia John, balanceando su cuerpo, como sólo saben hacerlo las mujeres que se sienten hermosas y deseadas. Él quiso despojarla de su ligero vestido, impacientemente. Ella lo detuvo, negando con la cabeza.

-Pas comme ça.

Se sentó en un extremo del diván. Arrojó sus zapatos lejos, recostando su cuerpo en señal de entrega, sonriendo pícaramente. Esperando que él se acercara y le quitara las medias, como a ella le gustaba, lentamente. John levantó la pierna izquierda de la mujer y apoyó el delicado pie de ella en su hombro derecho. Deslizó la prenda suavemente, disfrutando de cada centímetro de su piel. La amante le quitó la media de sus manos y le ordenó:

-Attache-moi. –Juntó sus manos y se las ofreció.

John la obedeció, desconcertado. Aquella noche, con ese cuerpo a su merced, conoció por primera vez el placer del dominio sobre ella. Ignoraba, que a esas horas del amanecer, mientras él la recordaba, Violette agonizaba en una barca a la deriva.

lunes 4 de enero de 2010

UNA MUJER INACABADA


“No te comportes como todas las mujeres. Siempre me acaban cansando, y no quiero cansarme de ti jamás.”


Lillian escribió unas palabras en una hoja, lo dobló en dos y lo guardó en el bolsillo de su kimono. Deseaba darse un chapuzón en el lago antes de ponerse a trabajar y quiso despedirse de Nick. Caminó descalza para no despertar al muchacho que dormía en su cama y depositó la nota sobre la almohada en la que reposaba la cabeza de su joven amante. Miró su cuerpo desnudo y dejó reposar su mano unos segundos en su sexo. Nick despertó y unió su mano a la de ella.

-Buenos días, señora Hellman. –El joven sonrió satisfecho.
-No quería despertarte…

Nick alargó sus brazos y la atrajo hacia sí, pero Lillian lo apartó.

-Voy a darme un baño. Necesito estar sola. No quiero verte por aquí cuando haya regresado.

El joven frunció el ceño, confundido ante la reacción tan poco afectuosa de la mujer.

-Nos vemos esta noche. –Lillian buscó su bañador en sus maletas aún por deshacer y abandonó la habitación.

El joven sonrió esperanzado. Aunque se había acostado con muchas mujeres, aquella noche, con Lillian, se había sentido torpe. Sabía que la mujer lo guiaría pacientemente para satisfacerla. Y con el pensamiento puesto en ella, se giró para continuar durmiendo.

La escritora se cubrió la cabeza con su sombrero de paja, cogió su cuaderno negro y paseó hasta el pequeño embarcadadero del lago. Hoy le escribiría una carta a Dashiell que nunca enviaría. Sabía que había palabras que, aunque necesitara decirlas, la otra persona no debería leer jamás. Y así lo haría. Desde siempre la había acompañado la necesidad de estar sola, constante y obsesivamente. Como contraposición buscaba compañía cuando la necesitaba. Dash lo sabía y en eso se basaba su poder sobre ella. Ni podían vivir juntos ni estar separados durante largo tiempo.

“Dash”, suspiró mientras se sentaba sobre los tablones de madera. Sumergió sus piernas en las frescas aguas del lago. Abrió su cuaderno por la primera página y empezó a escribir.

Querido Dash: dos días separados y te hecho de menos. Ayer estuve a punto de romper nuestro pacto de silencio. Tuve un accidente. Y en el que pensaba que sería mi último aliento, te vi. Sentí miedo de morir lejos de ti…

Repentinamente, Lillian se sintió estúpida. La carta que había empezado a escribir no era digna de Dash ni (lo que era peor) de ella. Arrancó la página del cuaderno y la estrujó entre sus manos. Se quedó pensativa, mirando el papel arrugado. Notó una caricia en sus pies y los retiró del agua, asustada. Sin duda la había rozado un pez, probablemente una carpa. Nadaba alrededor de ella, deslizándose en círculos. Emergía a la superficie y volvía a desaparecer, jugando al escondrijo con la escritora. Lillian arrojó la bola de papel al agua. La carpa abrió la boca y se la tragó. Acto seguido, desapareció de su vista y con ella, aquellas inútiles palabras.

miércoles 23 de diciembre de 2009

UNA MUJER A LA DERIVA


“Tiene algo en su conciencia, pero, ¿qué mujer no lo tiene?”.



Aquella mañana Marge Redland se sintió cansada. El niño que llevaba en su vientre parecía querer ahogarla. Respiraba fatigada y no la ayudaba que los niños alborotaran tanto durante su baño. Sacó al más pequeño del agua y lo envolvió con una toalla para evitar que se enfriara. Aunque estaban a principios de septiembre, un mes aún caluroso en la isla, el día se había levantado desapacible. Las nubes escondían el sol, como amantes con ganas de jugar, dejando pasar sus rayos y seguidamente haciéndolos desaparecer tras ellas. Marge miró a través de la ventana con su hijo en brazos y tuvo un escalofrío. Pensó que algo extraño sucedía en la isla y aunque no era una mujer de presentimientos, abrazó al pequeño para protegerse. Miró a su otro hijo, todavía en remojo, y le sonrió. Quería ahuyentar esa extraña sensación.

Vistió a los niños, y bajaron las escaleras cogidos de la mano para dirigirse a la cocina donde Michael preparaba el desayuno. Verlo en pleno trajín, calentando la leche y llenando los tazones de cereales, la tranquilizó. Quería a ese hombre. Junto a él se sentía como una niña pequeña y, a la vez, una mujer completa. La vida apacible que llevaba junto a él la compensaba de los malos tragos que le proporcionaba su trabajo como policía. Todo lo desagradable desaparecía cuando al volver a casa, después de su jornada laboral, su marido la esperaba. Acostaban a los niños, cenaban y tomaban café frente a la chimenea encendida. Él ponía música y hablaba sin parar mientras escribía su sermón dominical junto al fuego. Ella callaba mientras acariciaba al niño que nacería dentro de un mes.

El teléfono sobresaltó a Marge. Michael levantó el auricular y ella contuvo la respiración.

-Ahora mismo te la paso –contestó el hombre a su interlocutor-. Es para ti. De la oficina.
-Dime –contestó Marge. Asentía con la cabeza a las palabras de su ayudante-. Ok, ahora mismo cojo el coche y voy para allá.

La mirada de preocupación y el silencio que inundó la cocina no presagiaban nada bueno. Hasta los niños permanecieron callados al ver el rostro de su madre. Ordenó a sus hijos que acabaran su desayuno. Michael se acercó a su mujer para quitarle el auricular de la mano. Después de colgar el aparato, limpió los restos del desayuno y se llevó a los pequeños al saloncito. Cuando regresó a la cocina, Marge estaba sentada con la cabeza entre las manos. Nunca había visto a su mujer tan abatida.

-Han encontrado el cuerpo sin vida de una mujer. –le explicó Marge mirándole fijamente- Flotaba en una barca a la deriva. Un pescador la ha arrastrado hacia el puerto y ha dado la voz de alarma.

Su esposa se levantó pesadamente y recogió un juguete abandonado en el suelo. Aquel gesto la devolvió a la realidad y reaccionó. Buscó su chaqueta y las llaves del coche. Nunca estaban en su sitio.

-Marge, deberías desayunar. Hazme caso. Al menos llévate algo y te lo comes después.
-Ahora no puedo probar bocado. No sé cuándo regresaré a casa. Ocúpate de los niños. Llévalos al colegio y llama a mi padre. Él se encargará de ellos a la salida. Que se queden con él hasta que me ponga en contacto contigo.

Michael la abrazó durante unos segundos. Ella lo besó y se deshizo de él suavemente. Ahora volvía a ser la Marge de siempre. En casa mandaba y tomaba las decisiones. Atacaba tanto los problemas en el trabajo como los domésticos en un abrir y cerrar de ojos. Que fuera la jefa de policía en una isla, con dos hombres a su mando, resultaba un tanto extraño para un forastero. Pero sus habitantes, que la conocían desde que era una niña, sabían que no existía nadie mejor que ella para el puesto. Cuando aceptó el nombramiento, las gentes del lugar respiraron aliviadas. Era alguien en la que se podía confiar plenamente. Marge cerró la puerta del porche y subió al coche. Puso las llaves en el contacto y arrancó. Sabía que hoy sería un día especial, tal y como había presentido. Aceleró bruscamente y se alejó de la casa.

Llegó al puerto, donde uno de sus subordinados se había encargado de mantener a los curiosos lejos de la barca. Cuando vieron a Marge se hizo un silencio que sólo rompían los graznidos de las gaviotas, interesadas en su ración de pescado desechado por las barcas pesqueras. Marge se acercó al cadáver.

-Por aquí, jefa. Tenga cuidado de no caerse –la mirada seria de Marge avergonzó al joven policía que estaba a su mando. Aun embarazada de ocho meses, saltó a la barca con facilidad, rechazando la mano que quería ayudarla.

El cuerpo de la mujer estaba cubierto con una manta. Marge dio instrucciones para que la retiraran. La visión de aquel cuerpo sin vida la volvió a perturbar. Un ligero vestido estampado de flores cubría la parte superior del cuerpo, dejando su sexo al descubierto. Sus piernas estaban ligeramente separadas. Una de sus medias estaba subida hasta el muslo. La otra permanecía atada a su cuello. Marge se agachó y bajó la falda para proteger la intimidad de la difunta. Apartó los cabellos rojos que ocultaban su rostro. La reconoció. Observó un golpe en la parte derecha del cráneo. La herida había sangrado hasta empapar aquella melena rojiza. Sintió una náusea. Se levantó con dificultad y vomitó. Su ayudante corrió junto a ella, pero Marge lo apartó con el brazo. Se tocó la tripa y rezó para que lo que llevara dentro no fuera una niña. Un murmullo de voces hizo que Marge se girara hacia el tumulto de gente que había venido a curiosear. Sus ojos se cruzaron con la mirada inquisitiva de George Neighbour. A su lado permanecía un hombre delgado fumando en pipa. Reconoció a Dashiell Hammett y su sola presencia la tranquilizó. Dio instrucciones de volver a cubrir el cuerpo de la mujer y abandonó la cubierta para acercarse al periodista y al escritor de cabellos canosos. Entonces se desvaneció.


………………..

“Siento mucho frío. El viento juega con la falda de mi vestido y me descubre las piernas. Quiero taparme, pero mis brazos no responden a mi deseo. ¿Qué hago aquí? Si pudiera abrir los ojos, vería el cielo estrellado. Si pudiera oír, escucharía el sonido de las olas. Tengo un fuerte dolor de cabeza. Mis cabellos están empapados. Estoy herida. No recuerdo nada. Mi cuerpo está entumecido. Hace horas que voy a la deriva. No sé dónde estoy ni cómo he llegado hasta aquí. Dormiría profundamente si consiguiera dejar de pensar. Siento mucho frío y sonrío. Soy Violette Moulin y creo que estoy muerta”.

sábado 12 de diciembre de 2009

EL HALCÓN MALTÉS




“El asesinato es mi crimen favorito. Escribo sobre él con regularidad”.


George Neighbour dejó entrar los primeros rayos de sol de la mañana en su establecimiento. Se ató el delantal de barbero a la cintura. Buscó la escoba y el recogedor, y barrió los cabellos del último cliente que había atendido a última hora de la tarde del día anterior. Consultó su reloj, y decidió que tenía tiempo para poder fumar tranquilamente antes de colgar el cartel de abierto. Salió al exterior con el cigarrillo colgando de la comisura de sus labios y continuó barriendo la acera de la calle mientras saludaba a los transeúntes que, como él, se disponían a empezar su jornada laboral. A las nueve en punto de la mañana, solía pasar Marge Redland con sus dos hijos pequeños cogidos de la mano, camino del colegio. Aunque George sabía que la mujer andaba con el tiempo justo, siempre la importunaba con la misma pregunta: “¿Alguna novedad para hoy, Marge?” . Siempre obtenía la misma respuesta de ella: “Nada que merezca ser publicado, George”. El barbero le contestaba con una sonora carcajada, ya que sabía que nunca conseguiría sonsacarle ni una sola palabra a la jefa del departamento de policía de la isla. George Neighbour debería buscar otras fuentes de información si quería publicar alguna noticia fresca en el semanario local que él mismo editaba.

Pero aquel día, después de consultar por segunda vez su reloj de muñeca, pensó que Marge tardaba. Algo inusual en ella. George presintió que algo había ocurrido, y sus sospechas se confirmaron cuando vió pasar el coche de policía a gran velocidad.

-¡Marge! –gritó el barbero, para llamar su atención. No le sirvió de nada.

Algo extraño sucedía en la isla y él sería el primero en averiguarlo.

Neighbour entró apresuradamente en su establecimiento, dejando la escoba y el recogedor abandonados en la acera. Decidió llamar al reverendo Frare para averiguar adónde iba su mujer a tal velocidad. Sabía que tarde o temprano, el hombre hablaría. George era un caradura. Utilizaba a sus amistades en beneficio propio. Sólo le importaba la publicación de su periódico semanal y que llegara recién impreso, todos los lunes del mes, puntualmente a las casas de sus suscriptores. Levantó el auricular y marcó el número de teléfono que le interesaba.

-¡Dígame! –contestó atribuladamente el reverendo Frare. De fondo se oían los gritos de los dos niños pequeños.
-Michael, soy Neighbour.
-Me pillas en mal momento, George. Marge se ha ido y tengo a las dos fieras a mi cargo.
-¿Finalmente te ha abandonado? –bromeó el barbero. Sabía que si quería enterarse de lo ocurrido, debería hablar dando rodeos-. Por eso te he llamado. La he visto pasar a gran velocidad y estoy preocupado.
-No, ha recibido una llamada de la central. Ha aparecido el cuerpo de una… -cuando el reverendo cayó en la cuenta de que había hablado más de lo debido, ya era demasiado tarde. “Maldito George”, pensó el reverendo. Maldecir no era lo más apropiado en un pastor del Señor.
-¿Un cuerpo, dices? –indagó Neighbour.
-Marge va a matarme si sabe que te lo he contado, George. Ya sabes cómo se pone si se entera de que he largado más de lo debido.
-Vamos, hombre –le tranquilizó el periodista aficionado. La confianza con la que se hablaban era fruto de la camaradería que les unía mutuamente desde la infancia.

El reverendo le relató a su amigo lo ocurrido. En la oficina de la policía se había recibido una llamada informando del hallazgo del cuerpo de una mujer. Lo había encontrado un pescador al amanecer, en un bote a la deriva.

-¿Se sabe quién es la mujer? –preguntó Neighbour.
-No. Marge ha cogido las llaves del coche y se ha ido sin probar bocado. Estoy preocupado, George y más en su estado. –Añadió el reverendo. La pareja esperaba a su tercer hijo.
-¿Qué dirección ha tomado? Iré para allá y averiguaré cómo se encuentra Marge.
-Sólo sé que el pescador ha amarrado el bote que iba a la deriva al suyo y que los ha conducido hasta el puerto. Llámame cuando sepas algo de mi mujer, por favor. Llevaré a los niños al colegio y me reuniré con vosotros.

Cuando George Neighbour colgó el teléfono, no dudó ni un instante en cerrar su establecimiento. Le importaban muy poco sus clientes. Ahora sólo se debía al periódico. “La información es lo que cuenta” se dijo a sí mismo. Se despojó de su delantal de barbero y se vistió con la americana. Mientras comprobaba en los bolsillos de la prenda si tenía su cuaderno de redactor, oyó el tintineo de la campanita que sonaba al abrirse la puerta. Dashiell Hammett, el famoso escritor que vivía retirado en la isla, se disponía a cruzar el umbral.

-Perdone, señor Hammett, pero iba a cerrar. Han encontrado el cuerpo sin vida de una mujer y tengo el deber de informar a mis lectores. ¿Desea acompañarme? –le preguntó improvisadamente el barbero, sabedor del pasado como detective privado del escritor.

Dashiell dudó un momento antes de contestar afirmativamente. Pensó en que no tenía nada mejor que hacer durante su primer día sin Lilly. Aquello sería una mórbida distracción para olvidar la ausencia de su mujer. El corte que necesitaban sus cabellos podía esperar. Nada mejor para empezar el día con buen pie: una copa, un paseo y un cadáver anónimo esperando una respuesta.

lunes 7 de diciembre de 2009

ESAS DOS


Querida Lillian:

Haces que me sienta completamente aturdida con tu relato. Aturdida y feliz, porque pocas personas pueden entenderme como tú. Perdona mi inoportuna llamada de ayer, pero estaba francamente desesperada. Las tardes en el Algonquin acaban invariablemente a la mañana siguiente con un implacable dolor de cabeza...diós, si sólo fuera la cabeza, pero últimamente no consigo escapar de ese sentimiento de soledad y abandono que me persigue. Ya sabes cómo disfrutan todos cuando suelto una frase de las mías en medio de la tertúlia, pero siempre tengo que afilarlas tanto ... y es agotador, a veces. Y parece que ellas, esas sentencias que brotan entre un sorbo de bourbon y el siguiente, me persiguen luego como pesadillas recurrentes. Sí querida, no sé si alegrarme mucho de haber dicho que a un hombre sólo le pido tres cosas: que sea guapo, implacable y estúpido. Últimamente eso se parece amenazadoramente a una condena a perpetuidad. Sabes... creo que debería retrasar ese viaje. Mereces que te deje tranquila. Tú también necesitas encontrar esa serenidad que se nos escapa y tienes razón, sé que con mis horarios, no dejaría que te concentraras en tu guión. Aunque también podría serte de mucha ayuda. Creo que tengo un bonito título para él. Sé que sería mejor que no viniera...pero también es posible que mañana me levante y me presente delante de tu puerta sin avisar. Últimamente se me caen encima las paredes de mi casa y es que es un departamento tan pequeño, ¡apenas tengo lugar dónde dejar mi sombrero y un puñado de amantes!...

Deja sin embargo que te haga un pequeño reproche a tus palabras: ¿qué van a pensar de mí tus lectores? ¿de verdad creéis que cuando deambulo por la casa, ensimismada, buscando cómo redondear un artículo o terminar un cuento, voy "medio desnuda"?. Bueno, quizá sea cierto. Recordad mujeres, por favor: "La brevedad es el alma de la ropa interior".Y no me extrañaría nada en absoluto, aunque ahora nos parezca ciencia ficción, que en un futuro aún lejano, hacia el año 2001, se pongan de moda unos artilugios imposibles y perversos llamados "tanga",con la levedad y la sutileza del hilo dental.
¡Ah! y se me olvidaba querida. Creo que estás ligeramente confundida al recordar cómo nos conocimos. Es completamente imposible que me hallaras de rodillas en esa cocina frente a Dash.
Bueno...quizá no tan imposible...
Vale, de acuerdo, lo confieso: Lilly tiene razón queridos. Dash fue y será la excepción.
Pero nunca os arrodilléis frente a nada ni a nadie.
Siempre hay otras posturas muchísimo más cómodas.
Y ahora sin frivolizar: para mi vida quisiera recoger como lema, las palabras de una valiente mujer líder de la resistencia comunista , en esa triste guerra civil española:"Antes morir de pié que vivir de rodillas". ¡Ah!, Dash, mi admirado Dash "tan americano como una escopeta de cañón recortado. Pocos como él han recibido una reseña mía tan elogiosa en el New Yorker. Qué envidia me da vuestra relación, y qué feliz me hace comprobar con el tiempo cuán intensos son los lazos que os unen. Cuando os veo pienso:"¡Oh! la vida es un ciclo glorioso; y el amor es algo que siempre triunfa, que nunca puede fracasar". Te dejo. Tengo que pasarme por el tinte y luego...bueno, debería informarte de la última reunión de la Screen Writers Guild. Pero no voy a marearte ahora.

¡Oh! ¿cómo es ese delicioso rincón al que te has retirado? dime, ¿hay hombres ahí? ¿existe en ese lugar un pequeño bar donde sirvan un buen whisky?¿te sobra por casualidad una vieja máquina de escribir?.

Besos, querida Lilly. ¡Y gracias por tu infinita paciencia!!

Dotty
Carta de Mary Kate-Dorothy Parker a su amiga Emily-Lillian.

jueves 3 de diciembre de 2009

ESOS TRES


“Cuando se halla algo perfecto, sea cosa, árbol o persona, hay que serle fiel”.

Lillian regresó aturdida a la cabaña. Hubiera podido morir ahogada y, lo que era peor, sin ver a Dash por última vez. No estaban casados, pero les unía un vínculo mucho más fuerte que cualquier papel firmado ante un juez de paz. Lillian le era fiel. Desde aquella noche en la que coincidieron en una fiesta, para ella ya no hubo nadie más. Sin embargo, Dash se acostaba con otras mujeres y esto era motivo de frecuentes disputas entre los dos. Cuando descubría alguna infidelidad, casi siempre mujeres mucho más atractivas que ella, Lillian hacía su maleta y se inscribía en un hotel. Hasta que Dash daba con ella y le suplicaba que volviera a su lado. “¿Hay alguna dama en tu dormitorio?” le preguntaba ella. “No lo creo, pero entran y salen. Tu sólo sales”. Lillian únicamente vivía para dos cosas. La primera era su carrera como escritora. La otra, mucho más importante, era Dash.

Subió las escaleras de madera del porche apoyándose en la barandilla. Se sentía mareada. Entró en la cabaña para dirigirse al baño. Llenó la bañera casi hasta el borde y se sumergió en el agua caliente. Quería borrar la sensación de frío de su cuerpo y de su mente. También la confusión de lo que había significado el roce de su piel con la de aquel joven. Si Dash la llamaba, desecharía de inmediato la idea de volver a ver al muchacho. Pero, por desgracia, sabía que Dash cumpliría su parte del pacto.

Mientras se secaba el cabello, sonó el teléfono. “Dash...” pensó. Envolvió su cuerpo con una toalla y corrió para descolgar el aparato antes de que fuera demasiado tarde.

-¿Dash? –preguntó Lilly.
-Soy yo, Lilly. –respondió una voz sollozante de mujer-. Alan y yo hemos vuelto a discutir.
-¿Cómo has dado conmigo, Dotty?
-He llamado a tu editor y me ha facilitado el número. Tienes que ayudarme, Lillian, estoy destrozada. Llevo tres días sin dormir y no he comido casi nada. –La mujer seguía llorando. Lillian tenía que esforzarse para lograr entenderla.
“Maldito seas, Foreman. Me vas a oír”, pensó Lillian. Le había hecho jurar a su editor que nadie conocería su paradero. Ni siquiera tratándose de Dorothy. Pero su amiga era la persuasión en persona. Seguramente se había presentado ebria en el despacho de Foreman y le había desarmado con sus lágrimas.

-¿Quieres que llame a tu marido? –respondió Lillian enojada. Dotty la exasperaba.
-No, no quiero verle nunca más. Voy a pedir el divorcio, Lillian. Necesito alejarme de él.
-¿Qué quieres que haga yo, Dotty? –Sabía lo absurdo de su pregunta. No necesitaba conocer la respuesta: su amiga esperaba una invitación para pasar unos días junto a ella-.

Aquello iba a desbaratar todos sus planes de escribir en la más absoluta soledad. Y ahora, más que nunca, Dorothy resultaría una carga. Tendría que soportar las veinticuatro horas del día a aquella mujer paseándose medio desnuda por la casa, con un vaso de ginebra en una mano y un cigarrillo en la otra. Y lo que era peor: a su inaguantable perro salchicha enredado en sus pies.

-Dotty, pasarás unos días junto a mí con la condición de que dejes a tu perro al cuidado de Alan –capituló Lillian.
-Lilly, lo que me pides es inhumano –gimió Dorothy-. Alan no sabe cuidar de sí mismo. ¿Cómo quieres que se ocupe de Heather?
-Bueno, Dorothy. Ven tú, tu perro y tus botellas. Pero te advierto que debo escribir. Haz lo que quieras con tu vida, pero yo necesito trabajar.

Lillian colgó el auricular y encendió un cigarrillo. Recordó cómo conoció a la legendaria señora Parker. Fue durante el transcurso de una fiesta. Lillian se había acercado a la cocina con la intención de reponer de canapés las bandejas vacías. Cuando regresó, Dorothy Parker estaba arrodillada frente a Dash, declarándole su admiración con una copa en la mano, totalmente ebria. Ahora eran tres: Dashiell, Lillian y Dorothy, unidos por su amor a la escritura y una desmedida afición a la bebida.

Consultó la hora en el reloj que adornaba la repisa de la chimenea. Atardecía y aún no había pensado en nada para la cena. Volvió al dormitorio para decidir con qué se vestiría. Se decantó por el vestido azul. Aquella noche necesitaba sentirse atractiva. Deseaba acostarse con aquel joven y olvidar a Dash. Al menos durante el tiempo que pasaran separados. Esto era lo que pensaba, pero interiormente deseaba que Dashiell telefoneara para salvarla de caer en brazos de aquel muchacho que de un momento a otro llamaría a la puerta.

viernes 27 de noviembre de 2009

EL HOMBRE DELGADO


“¿Qué intentas olvidar? Te lo diré cuando lo haya olvidado”.

Dash puso los pies en el suelo. Las sábanas estaban arrugadas -apenas había dormido- dando vueltas sobre sí mismo durante toda la noche. Miró la cama vacía de Lillian. Era el primer día sin ella y ya la echaba de menos. Se rascó el mentón, pensativo. Hoy necesitaría un afeitado a fondo. Con los dedos retiró el cabello de su frente hacia atrás. También éste necesitaba un buen repaso. Pensó que lo mejor sería ir hasta el pueblo y que se lo cortaran.

Normalmente, ésta era una de las tareas de Lilly. Le invitaba a sentarse en una silla de la cocina mientras buscaba las tijeras en su costurero. No se dirigían la palabra mientras ella se afanaba en cortar sus mechones blancos. Si él le hablaba, ella le interrumpía con un “cállate, me desconcentras” y continuaba con su labor de peluquera frunciendo el ceño. De vez en cuando se alejaba de él unos pasos para tener perspectiva y si se daba por satisfecha, concluía con un “ya está”. Luego sonreía y le alborotaba el cabello mientras buscaba un cigarrillo. También echaría de menos sus ceniceros repletos de colillas, con las boquillas manchadas de carmín.

Bajó las escaleras de madera y se dirigió a la cocina. Buscó en el refrigerador huevos, mantequilla y acercó el pan a la mesa. Encendió un fogón para prepararse unos huevos revueltos en una sartén. Se sirvió café en una taza y se sentó desanimado. Eran las pequeñas actividades domésticas que siempre corrían a cargo de Lillian; eso le hacía sentir más su ausencia. Ella se movía con ligereza envuelta en un kimono de seda azul. Cocinaba los huevos, tostaba el pan y servía el café recién hecho en un juego de porcelana china. El azul y el blanco eran sus colores preferidos. A veces, el cinturón que le ceñía la cintura quedaba enganchado en el asidero metálico del horno y la prenda se abría dejando su cuerpo al descubierto. Entonces se miraban y sin decir nada, volvían a subir al dormitorio para hacer el amor. Pero eso sucedía antes. Antes de que él tomara la decisión de no escribir ningún renglón más. Antes de que él se aficionara todavía más a la bebida. Aún más hundido, se levantó en busca de una botella de whisky y se sirvió un trago. Aquello le animaría. Miró el desayuno que había preparado y lo desechó. Subió a darse un baño, se vistió de hombre tranquilo y se dispuso a salir.

Decidió bajar al pueblo atravesando el pequeño bosque de pinos. Casi siempre se cruzaba con John, el guarda de la isla. Se detenían para charlar mientras fumaban un cigarrillo. Aunque Dash era inseparable de su pipa, no rechazaba el pitillo que le alargaba el guarda. La conversación duraba lo que tardaban en consumarse los cigarrillos. No hablaban de nada en especial. El hombre solía ser parco en palabras y en temas: el tiempo, la pesca o la aparición de un nuevo habitante en la isla. Tenían un pacto: cuando llegaba correo para Dash o Lillian, él mismo se encargaba de llevárselo. Le servían café en la cocina y algunas veces le invitaban a comer. Allí, junto a ellos, el guarda se sentía como en casa. A Lilly le agradaba su compañía. Después de comer, se sentaban junto a la chimenea con una copa entre las manos.

El alcohol desataba la lengua de John y le hacía repetir su vieja historia de la bala perdida que le atravesó la pierna derecha, dejándole una cojera de por vida. Fue durante la guerra civil española, el tema preferido de Lilly. También a ella le gustaba recordar el tiempo que pasó en ese país como corresponsal. Dash sabía cuánto añoraba aquellos años.

Ya casi se había olvidado del hombre, cuando oyó unos pasos renqueantes sobre la pinaza.

-¡Señor Hammett! –era John. Dash se giró y le saludó con la mano.
-¿Ha llegado correo? –preguntó Dash.
-No, señor Hammett. Sólo que quería saber si tiene noticias de la señora Hellman.
-No, John. Sólo llevamos un día separados –le recordó-. No puedo quedarme –añadió el escritor mientras se despedía apresuradamente. Hoy no tenía ganas de charla, sólo deseaba tomarse otra copa en el bar del pueblo.

El guarda enmudeció ante la actitud de aquel hombre delgado que tanto apreciaba.

-Sólo quería saber de ella…- murmuró en voz baja el guarda.

Mientras veía alejarse a Dash, prendió otro cigarrillo. El guarda desconocía el pacto que tenían los dos escritores. Mientras ella escribiera, no habría ningún contacto entre ellos. Ni cartas ni llamadas telefónicas. Y aún sabiéndolo, Dashiell esperaría el correo cada día, y ansiaría reconocer la letra de Lillian en un sobre para él.

jueves 26 de noviembre de 2009

PENTIMENTO


Un pentimento (el plural sería la también forma italiana pentimenti) es una alteración en un cuadro que manifiesta el cambio de idea del artista sobre aquello que estaba pintando. Se trataría, por tanto, de un sinónimo de arrepentimiento.
Cuando mi editor me ofreció su casa junto al lago para que empezara a escribir el guión que tenía en mente, no dudé ni un segundo en aceptar. Sabía que a Dash le molestaría enormemente mi decisión de alejarme de él para escribir. Pero sus opiniones sobre mi trabajo minaban mi autoestima en la creación de mis obras. Aunque sólo leía el manuscrito cuando yo lo consideraba acabado, su crítica solía ser tan demoledora que mi estado de ánimo permanecía por los suelos durante semanas, y sólo podía reescribir el texto si me alejaba unos días de él.

Nuestra relación tampoco pasaba por buenos momentos desde que él mismo había tomado la decisión de dejar de escribir ninguna palabra más. Su única ocupación consistía en dar largos paseos por la playa, pescar, leer junto al fuego mientras fumaba su pipa, beber -cada vez más- y dormir. E intentar revisar mis escritos por encima de mi hombro mientras yo trabajaba, cosa que rara vez conseguía.

Marqué el número de teléfono de mi editor y hablé con su secretaria. Él ya le había dado instrucciones para mí por si aceptaba la propuesta de instalarme en su cabaña. La llave de la puerta estaría escondida debajo de uno de los tiestos con pensamientos que decoraban el porche. Encontraría comida en la despensa suficiente para unos días. Después se encargaría de mí una persona del pueblo a la que siempre contrataban cuando mi editor la ocupaba durante sus vacaciones.

Cuando le anuncié a Dash mi decisión, su reacción me sorprendió. Me dijo que lo hiciera, que nos iría bien alejarnos un tiempo. Aquello me molestó. Secretamente esperaba que se enojara, que me suplicara que no me fuera. Pero no fue así. Preparé mis maletas, mi máquina de escribir y el suficiente papel para emborronar páginas y páginas de las que acabaría desechando la mayor parte. Nos despedimos con un ligero beso en la mejilla y un simple cúidate.

El tiempo que dediqué a viajar hasta la casa del lago estuve absorta en mis pensamientos sin la más mínima idea para mi nuevo trabajo. Me habían contratado unos estudios de cine para que hiciera un guión para la próxima película de una joven estrella de cine recién descubierta. Acepté el encargo porque mis fondos en el banco se estaban agotando. Letras a cambio de dinero, y estaba suficientemente bien pagado. Con lo que cobraría tendría para vivir unos cuantos meses e invertir el tiempo en escribir mi nueva obra de teatro. De momento sólo tenía un personaje: una mujer joven y atractiva, hija de un influyente hombre de negocios. Ahora debía ponerme manos a la obra. Sólo me pidieron que la trama resultase intrigante, que la protagonista de la historia cautivara al espectador, algún que otro diálogo ingenioso y un asesinato. Sin duda Dash era el idóneo para este trabajo. Podría incluso haberme asesorado sobre crímenes, detectives y mujeres fatales, pero su decisión de no escribir ni una palabra más era irrevocable. Debería apañármelas sola. Ahora estaba en una cabaña junto al lago. La soledad me acompañaría, irremediablemente, los días que invirtiera en la creación de mi primer guión cinematográfico.

Antes de comenzar a trabajar, me tomé un café y fumé mi primer cigarrillo del día mientras contemplaba la salida del sol. Puse mi máquina de escribir sobre la mesa de madera del porche. Me senté dispuesta a empezar a teclear. Después de mirar una hora el papel en blanco, decidí que por hoy mi trabajo había acabado. Lo mejor sería darme un baño para despejar mis pensamientos. Disfruté del agua y no me di cuenta de que me estaba alejando demasiado de la orilla. Me entró pánico al ver que estaba en medio de un lago que desconocía, y ahora maldecía mi atrevimiento. Intenté regresar a la orilla. Entonces sentí un calambre en la pierna derecha, y los nervios me jugaron una mala pasada. Empecé a dar brazadas y noté un enorme cansancio. El lago sería mi tumba. Me dejé llevar y las frías aguas empezaron a engullirme. Durante unos segundos pude ver a Dash mirándome, como si me despidiera. Eres tonta, Lillian, vas a morir lejos de él...Me desvanecí.

Cuando desperté estaba sobre la arena y un joven me miraba con cara de preocupación.

-¿Se encuentra mejor, señora Hellman?

Tardé unos segundos en comprender dónde estaba.

-Creí que había muerto…
-Aún no ha llegado su hora, Lillian. Me han contratado para que no le suceda nada extraño. –El joven miraba de tranquilizarme. Conocía mi nombre y respondió ante mi extrañeza. –Soy el encargado de tener a punto la cabaña del señor Foreman. Me llamo Nick.

El muchacho alargó su mano hacia mí con tal ímpetu que nuestros cuerpos entrechocaron levemente. Me estremecí con el simple contacto de su piel con la mía. El joven percibió mi aturdimiento ante la incómoda situación y sonrió. Antes de despedirnos le pregunté cómo podía agradecerle lo que había hecho por mí.

- Prepare una buena cena, señora Hellman. Esta noche volveremos a vernos.

Mientras me alejaba de él pensé en Dash. Aunque habíamos decidido que no nos llamaríamos, sentí una enorme añoranza de oír su voz y aún así supe que aquella misma noche acabaría seduciendo al joven que me acababa de salvar la vida.

Continuará…